En el camino a Emaús, Jesús resucitado se encontró con dos discípulos que no lo reconocían y les dijo algo que ha guiado la predicación cristiana desde entonces: "¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían" (Lucas 24:26-27).
Esa escena establece el principio hermenéutico fundamental de la predicación cristiana: toda la Escritura —todo el Antiguo Testamento— habla de Cristo. No como código secreto que requiere técnicas especiales para descifrar. Sino como historia unificada que tiene su centro y su resolución en la persona y obra de Jesús.
Para el predicador que quiere predicar el Antiguo Testamento con fidelidad y profundidad, este principio es tanto liberador como exigente. Liberador porque toda la Escritura apunta hacia el mismo Señor que proclamamos. Exigente porque requiere aprender a leer el Antiguo Testamento en términos de esa unidad narrativa y teológica.
¿Por qué es importante predicar Cristo en el Antiguo Testamento?
La respuesta más importante es que el Nuevo Testamento lo hace sistemáticamente. Los autores apostólicos leen el Antiguo Testamento a través del lente de la resurrección de Cristo, y en casi cada página del Nuevo Testamento encontramos citas, alusiones y ecos del Antiguo Testamento que muestran cómo Cristo cumple, trasciende y da sentido a lo que vino antes.
Si el predicador omite esa dimensión cristológica cuando predica el Antiguo Testamento, está predicando el texto de una manera que los propios autores del Nuevo Testamento no aprobarían. Está predicando el Antiguo Testamento "como si Jesús no hubiera resucitado todavía".
Además, el Antiguo Testamento representa más de las tres cuartas partes de las Escrituras. Si el predicador lo evita o lo reduce a moralejas éticas, está privando a su congregación de una riqueza enorme.
Los caminos legítimos de Cristo en el Antiguo Testamento
No todos los caminos para encontrar a Cristo en el Antiguo Testamento son igualmente válidos hermenéuticamente. Hay algunos que tienen sólido fundamento textual y teológico, y hay otros que son forzados o arbitrarios. Distinguir entre ellos es fundamental.
La tipología
La tipología es probablemente el camino más rico y más fundamentado para encontrar a Cristo en el Antiguo Testamento. Un "tipo" es una persona, evento, institución o patrón del Antiguo Testamento que prefigura —anticipa, representa en miniatura— una realidad superior que se cumple en Cristo.
El sacrificio de animales en el sistema levítico tipifica el sacrificio definitivo de Cristo. El sumo sacerdote tipifica el sumo sacerdocio eterno de Jesús (como desarrolla Hebreos en detalle). El éxodo de Egipto tipifica la liberación del pecado que Cristo logra. El maná en el desierto tipifica a Jesús como el pan de vida (conexión que el mismo Jesús establece en Juan 6).
La tipología no es alegorización arbitraria. Tiene estos elementos: el tipo está en el Antiguo Testamento, el antitipo (el cumplimiento) está en Cristo, y el Nuevo Testamento mismo o la lógica teológica establece la conexión.
Las promesas y su cumplimiento
Hay en el Antiguo Testamento una cadena de promesas divinas —especialmente las realizadas a Abraham, David y en los profetas— que apuntan explícitamente hacia Cristo como su cumplimiento.
La promesa de una descendencia en la que serán bendecidas todas las naciones (Génesis 12:3) se cumple en Cristo (Gálatas 3:16). La promesa del "hijo de David" cuyo reino no tendrá fin (2 Samuel 7:12-16) se cumple en la resurrección y el reinado de Jesús. Las promesas del siervo sufriente de Isaías 53 encuentran su cumplimiento preciso en la pasión de Cristo.
Predicar estas conexiones no es imponer a Cristo en el texto —es seguir el hilo que el propio texto establece.
Los temas redentores
Más allá de los tipos específicos y las promesas explícitas, hay temas teológicos que corren a lo largo del Antiguo Testamento y encuentran su resolución plena en Cristo: la creación y la nueva creación, el pacto y el nuevo pacto, el templo y la nueva habitación de Dios entre los seres humanos, el sacerdocio y el sumo sacerdocio definitivo, el rey y el rey eterno.
El predicador que conoce estos grandes temas puede mostrar cómo cualquier texto del Antiguo Testamento se sitúa dentro de uno o más de ellos, y cómo cada uno apunta a su cumplimiento en Cristo.
Lo que hay que evitar
La alegorización forzada
La alegorización medieval encontraba a Cristo en cada detalle específico del texto, sin ningún fundamento en el sentido literal. El número de animales en una narración, los colores del tabernáculo, los materiales de las puertas del templo —todo se convertía en símbolo de una realidad espiritual determinada por el intérprete.
Esta práctica puede producir predicación ingeniosa, pero no es exégesis honesta. Viola el principio de que el sentido del texto debe estar arraigado en su significado histórico y literario.
El moralismo sin redención
El extremo opuesto también es problemático. Reducir los textos del Antiguo Testamento a lecciones morales con personajes bíblicos como modelos positivos o negativos —sin conectarlos con la historia redentora que apunta a Cristo— produce predicación que puede ser éticamente útil pero que no es específicamente evangélica.
"Sé valiente como Josué" o "no seas como Jonás" puede ser exhortación útil, pero no es predicación cristiana completa si no lleva a la congregación a Aquel al que Josué y Jonás apuntan.
La lectura "sin Cristo todavía"
Predicar el Antiguo Testamento como si el predicador fuera un rabino judío del siglo primero —sin la perspectiva que da la resurrección de Cristo— produce una predicación que puede ser exegéticamente correcta en sus detalles pero que ignora el marco hermenéutico más importante que un predicador cristiano tiene.
El gozo de la predicación cristocéntrica del AT
Cuando el predicador aprende a leer el Antiguo Testamento a través del lente de Cristo, algo maravilloso ocurre: los textos que antes parecían distantes, oscuros o irrelevantes se llenan de luz. La genealogía de Rut se convierte en una historia de redención que anticipa la redención definitiva. Los Salmos de lamento se vuelven la voz de Cristo en su pasión. Las profecías de restauración se llenan del aroma de la nueva creación.
El Antiguo Testamento no es un libro de moraleja ni un catálogo de promesas de prosperidad. Es el primer acto de una historia cuyo clímax es la cruz y la resurrección, y cuya conclusión gloriosa es la renovación de todas las cosas. Predicarlo bien es la mayor aventura hermenéutica a disposición del predicador cristiano.