Hay dos errores opuestos que el predicador puede cometer cuando piensa en la relación entre el evangelio y la cultura contemporánea.
El primer error es la irrelevancia sin intención: predicar como si estuviéramos en el siglo primero, usando categorías y referencias culturales que no conectan con la experiencia de la congregación del siglo veintiuno, ignorando los mundos mentales, emocionales y sociales en los que viven las personas que escuchan.
El segundo error es la adaptación excesiva: modificar el contenido del evangelio para hacerlo más aceptable, suavizar las verdades que generan resistencia, reducir el mensaje a lo que la cultura contemporánea ya está dispuesta a escuchar.
La contextualización genuina evita ambos errores. No es elegir entre fidelidad al mensaje y relevancia cultural —es lograr ambas al mismo tiempo. Es hablar con la voz del siglo veintiuno el mensaje del evangelio eterno.
¿Qué es la contextualización?
La contextualización es el proceso de comunicar un mensaje en la forma que mejor conecta con las categorías culturales, los valores, las preocupaciones y el lenguaje de una audiencia específica, sin comprometer el contenido esencial de ese mensaje.
El primer y más grande contextualista del evangelio fue el mismo Dios en la encarnación. Dios no mandó un mensaje abstracto desde el cielo —tomó forma humana, habló arameo, usó parábolas con imágenes agrícolas y pastoriles que sus oyentes entendían, respondió las preguntas que ellos se hacían, se sentó a la mesa con las personas que la religión oficial marginaba.
Jesús fue perfectamente fiel al mensaje y perfectamente relevante para su audiencia. Esa es la norma.
Pablo es el segundo gran modelo de contextualización en el Nuevo Testamento. En Atenas no comenzó con la historia del Éxodo —comenzó con el altar "al dios desconocido" y citó a poetas griegos. En la sinagoga comenzó con Moisés. A los gálatas habló de la Ley. Misma verdad, distintos puntos de entrada, según la audiencia.
La distinción fundamental: forma versus contenido
La clave para hacer contextualización sin comprometer el evangelio es mantener clara la distinción entre el contenido del mensaje y la forma en que se comunica.
El contenido del evangelio es invariable: Dios existe, ha creado al ser humano para comunión con él, el pecado ha roto esa comunión, Dios mismo actuó en Jesucristo para restaurarla mediante su muerte y resurrección, y la respuesta humana requerida es el arrepentimiento y la fe.
La forma de comunicar ese contenido es altamente adaptable. Las ilustraciones pueden ser contemporáneas. El lenguaje puede ser coloquial o académico según la audiencia. Los puntos de entrada pueden ser las preguntas que la audiencia ya se está haciendo. Las objeciones que se anticipan y responden deben ser las objeciones reales que esa audiencia tiene.
La contextualización falla cuando modifica el contenido bajo el pretexto de adaptar la forma. Cuando elimina la doctrina del pecado porque la cultura contemporánea la encuentra ofensiva. Cuando suaviza la exclusividad de Cristo porque genera resistencia. Cuando reduce la salvación a autoestima o bienestar psicológico porque eso es lo que la audiencia quiere escuchar.
El predicador como traductor cultural
Una imagen útil para el predicador contextualizado es la del traductor. El traductor tiene una fidelidad doble: fidelidad al texto original (el mensaje no puede ser alterado) y fidelidad a los lectores del texto (deben poder entenderlo con claridad).
Un mal traductor puede pecar por dos lados. Puede ser tan literal que produzca un texto incomprensible en el idioma destino. O puede liberarse tanto del texto original que produzca algo diferente en su lugar. El buen traductor encuentra la equivalencia más precisa que preserva el significado original en la forma más natural del idioma destino.
Así es la predicación contextualizada: encontrar las categorías culturales, los puntos de contacto y el lenguaje que hacen que el evangelio eterno llegue con la misma claridad y el mismo impacto que tuvo cuando se predicó por primera vez.
Contextualizando para la América Latina contemporánea
El predicador latinoamericano del siglo veintiuno enfrenta una audiencia muy particular: heredera de un catolicismo popular fuertemente arraigado, afectada por las dinámicas del charismatismo y el pentecostalismo que han dominado el crecimiento evangélico en la región, influenciada por el internet y la cultura global, pero también profundamente enraizada en valores y cosmovisiones específicos de cada subcultura regional.
Algunos puntos de contacto especialmente relevantes:
El tema de la familia. La familia tiene un peso emocional y cultural enorme en América Latina. El evangelio tiene mucho que decir sobre la familia —su origen divino, su vulnerabilidad al pecado, su restauración en Cristo. Conectar el evangelio con las esperanzas y las heridas familiares que la audiencia ya carga es contextualización natural.
El tema de la justicia. Las desigualdades profundas y la injusticia sistémica que caracterizan a muchos contextos latinoamericanos crean una receptividad genuina al profetismo bíblico y al shalom del reino de Dios. El predicador que conecta el evangelio con las preguntas reales de justicia que su comunidad hace no está abandonando la centralidad de Cristo — la está ampliando.
El tema de la identidad y la dignidad. En contextos de pobreza, marginalización o discriminación, el mensaje bíblico sobre la dignidad humana creada a imagen de Dios y restaurada en Cristo tiene una resonancia poderosa que la predicación abstracta no alcanza.
El tema del sufrimiento. América Latina tiene una espiritualidad forjada en el sufrimiento —tanto histórico como cotidiano. El evangelio no promete escapar del sufrimiento sino la presencia de Dios en él y la esperanza de su resolución final. Eso necesita ser predicado, no evitado.
Los límites de la contextualización
Contextualizar tiene límites que el predicador no puede cruzar si quiere seguir predicando el evangelio.
No puede modificar la naturaleza de Dios para hacerlo más aceptable. No puede eliminar el pecado como categoría real. No puede presentar a Jesús como un camino entre muchos en lugar del único camino al Padre. No puede reducir la salvación a una experiencia psicológica sin dimensión eterna. No puede silenciar las verdades que generan ofensa legítima.
La contextualización fiel respeta que el evangelio siempre generará alguna resistencia —porque confronta el pecado, llama al arrepentimiento y exige reconocer a Cristo como Señor. La tarea no es eliminar esa ofensa inherente al evangelio. Es asegurarse de que la única ofensa que la gente encuentre sea la del evangelio mismo — no la de un lenguaje innecesariamente arcaico, ilustraciones culturalmente ajenas, o una presentación que suena a religión de otra era.
La predicación bien contextualizada hace que la gente escuche el evangelio con toda su fuerza y claridad —y luego tenga que decidir qué hacer con él.