Imagine por un momento que usted es un pastor latinoamericano que acaba de mudarse a pastorear una congregación en el norte de Europa. O un predicador coreano cuyo ministerio comienza a atraer familias de origen árabe. O simplemente un pastor en una ciudad donde su congregación que una vez era culturalmente homogénea ahora incluye familias de tres o cuatro trasfondos distintos.
Estas situaciones no son hipotéticas; son la realidad de miles de predicadores en el siglo XXI. Y presentan un desafío que va más allá de la traducción de palabras: el evangelio debe ser comunicado de manera que cruce fronteras culturales sin perder nada esencial en el trayecto.
El desafío fundamental
La predicación intercultural vive en una tensión permanente entre dos peligros opuestos:
El sincretismo: Adaptar el mensaje tanto que el evangelio queda mezclado con elementos culturales que lo distorsionan o reducen. Predicar un evangelio que solo habla de prosperidad en una cultura donde la riqueza es el valor supremo, sin tocar el desafío radical del discipulado, es un ejemplo de esto.
El imperialismo cultural: Presentar el evangelio envuelto en la cultura de origen del predicador como si esa envoltura cultural fuera parte del mensaje mismo. Esto sucede cuando un predicador insiste en un estilo homilético o un conjunto de ilustraciones que solo resuenan en su propia cultura, y no hace el trabajo de adaptación.
El modelo para navegar esta tensión es la encarnación. El Verbo se hizo carne —tomó forma humana, entró en una cultura específica, habló una lengua particular— sin dejar de ser el Hijo eterno de Dios. El evangelio se puede encarnar en diferentes culturas sin dejar de ser el evangelio.
Qué es culturalmente variable y qué no lo es
Esta distinción es crucial para la predicación intercultural. Hay elementos del mensaje cristiano que no son negociables: la condición pecaminosa de la humanidad, la obra redentora de Cristo, la necesidad de fe y arrepentimiento, la vida de discipulado, la promesa de la resurrección. Estos no cambian.
Pero la manera en que estos elementos se comunican, las ilustraciones que los hacen comprensibles, los puntos de contacto con la experiencia del oyente, los valores culturales que el evangelio confirma y los que desafía —todo esto varía de cultura en cultura.
Por ejemplo: en culturas de alto sentido del honor y la vergüenza (muchas culturas asiáticas, árabes o latinoamericanas), el evangelio puede comunicarse con particular poder a través del lenguaje de la restauración del honor, la reconciliación con el Padre y la adopción como hijos. En culturas de alto individualismo (muchas culturas occidentales), el mismo evangelio puede comunicarse a través del lenguaje de la culpa, el perdón personal y la identidad en Cristo.
Ambos marcos son bíblicamente legítimos. Ambos capturan dimensiones reales del evangelio. El predicador intercultural aprende a usar el marco más resonante para su audiencia.
Principios prácticos para la predicación intercultural
1. Escucha antes de hablar
El predicador que llega a una nueva cultura con todo su arsenal homilético listo para usar, sin haberse tomado el tiempo de escuchar, casi seguramente fallará en conectar. La escucha intercultural implica:
- Entender cómo esa cultura procesa y comunica la información (¿linealmente o narrativamente? ¿directa o indirectamente?).
- Conocer los valores fundamentales que la cultura celebra y los que la avergüenzan.
- Identificar las preguntas de fondo que la cultura está haciendo y que el evangelio puede responder.
2. Usa ilustraciones culturalmente apropiadas
Las ilustraciones que usas revelan el mundo que habitas. Si todas tus ilustraciones vienen del béisbol, el café norteamericano o las referencias a películas de Hollywood, estás predicando para una audiencia específica. En un contexto intercultural, el predicador debe ampliar deliberadamente su repertorio de ilustraciones.
Esto no significa abandonar lo propio completamente; significa añadir. Y a veces, la humildad de decir "no conozco bien suficiente tu cultura como para ilustrar esto de tu mundo; ayúdame a encontrar una imagen que hable a tu experiencia" es en sí misma un poderoso gesto de respeto.
3. Adapta el estilo de comunicación, no el contenido
Algunas culturas responden mejor a la predicación narrativa; otras a la argumentación lógica; otras a la expresión emocional; otras a la enseñanza sistemática. El predicador intercultural no cambia lo que predica, pero puede cambiar cómo lo predica según el contexto.
GoRhema puede ser una herramienta útil para explorar distintos enfoques de estructuración del mismo sermón, permitiendo al predicador adaptar el formato sin comprometer el contenido.
4. Trabaja con personas de dentro de la cultura
El mejor consejero para la predicación intercultural es alguien que pertenezca a la cultura que el predicador está tratando de alcanzar. Esa persona puede señalar qué resuena y qué suena extraño, qué ilustraciones son universales y cuáles son provinciales, qué aplicaciones tienen sentido y cuáles no.
5. Sé transparente sobre tu propia posición cultural
Uno de los gestos más poderosos de un predicador intercultural es reconocer su propia perspectiva cultural: "Vengo de un trasfondo X, y desde allí veo el texto de esta manera. Pero me gustaría saber cómo lo ve quien viene de un trasfondo diferente". Esa transparencia no debilita la autoridad del mensaje; la humaniza y crea un espacio de comunidad genuina.
La congregación diversa como riqueza hermenéutica
Hay algo extraordinario que sucede cuando una congregación culturalmente diversa lee la Biblia junta: cada cultura ilumina aspectos del texto que otras culturas habían pasado por alto. La comunidad de creyentes de trasfondo africano puede ver dimensiones del Éxodo que la comunidad de trasfondo europeo nunca había notado. La congregación de trasfondo asiático puede aportar sensibilidades sobre el honor y la lealtad familiar que enriquecen la lectura de Rut o del Hijo Pródigo.
El predicador en un contexto intercultural tiene el privilegio único de predicar a una congregación que, por su diversidad misma, refleja algo de la imagen de Apocalipsis 7:9: la multitud de toda nación, tribu, pueblo y lengua, reunida ante el trono del Cordero. Esa imagen ya no es solo escatología; es eclesialidad presente.
La humildad como competencia intercultural
Al final, la habilidad más importante para la predicación intercultural no es lingüística ni retórica. Es la humildad. La disposición de aprender, de equivocarse y corregir, de reconocer que la propia cultura no es el estándar del universo, de valorar genuinamente las diferencias sin colapsarlas en uniformidad.
El evangelio es para todas las culturas. Ha demostrado su capacidad de encarnarse en la cultura inuit, en la yoruba, en la japonesa y en la catalana. El predicador que se humilla para aprender los caminos del corazón de sus oyentes descubrirá que el evangelio es todavía más rico de lo que pensaba.